Nuestro Camino de Santiago. Etapa 5 Palas del Rey – Melide (14 km)

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Y al cuarto día de aventura apareció la lluvia. Como comentaba en el capítulo anterior, el tiempo nos dio una tregua durante la caminata, fue casi como si estuviera esperando a que llegáramos a nuestro destino para comenzar a llover.  No fue una lluvia intensa pero si persistente ya que se mantuvo durante toda la tarde. El albergue de Palas de Rey en el que nos hospedamos está situado en una zona de recreo en la que encontramos un gran parque, una piscina, un hotel y un campo de fútbol. Como no había mucho más donde elegir si no queríamos andar más comimos en el restaurante del Hotel la Cabaña. La comida fue por cierto fue bastante discreta y servida por el típico camarero con ganas de agradar que se cree que tiene gracia y … vamos que no la tiene. Después de seis horas de paliza sólo quieres comer tranquilo y descansar. En la mesa de al lado reponía fuerzas un matrimonio que llegó poco después que nosotros. Se les veía mucho más enteros, a nosotros se nos empezaba a notar el cansancio acumulado.

Tras la siesta nos decidimos a estrenar nuestro chubasquero para acercarnos al pueblo en busca de algo para cenar. Un peregrino gallego con el que coincidimos durante los últimos tres días nos habló de un bar en la entrada del pueblo en el que hacían unas pizzas que estaban muy buenas. Con las piernas todavía agarrotadas del esfuerzo de la mañana salimos hacia Palas. Encontramos el restaurante pero … no abrían la cocina hasta las siete. Aprovechamos el rato que nos daba el descanso del personal de cocina de ese bareto para acercarnos al supermercado y comprar una botella de vino. –Coged este, está muy bueno, yo me lo llevo mucho a casa para tomarlo con mi familia, nos dijo la cajera. Hay que ver que amable es la gente aquí, pensé yo. Compramos el vino y cuatro cosas más y enfilamos camino hacia la pizzería. Todavía era pronto así que esperamos dentro tomando una cerveza y observando como un grupo de lugareños jugaba una partida de cartas. En la televisión se podía ver la maratón de las Olimpiadas de Londres y, a pesar de que en la calle hacía fresco, en el interior del bar hacía calor, el ambiente era denso. Pagamos la pizza y las dos Estrellas Galicia, allí no se toma otra cerveza, y nos marchamos al albergue.

Antes de llegar nos topamos con una sorpresa. Nos encontramos a Alicia, una mujer de Huesca que viajaba con su familia. Compartimos con ella la primera etapa pero le habíamos perdido la pista desde entonces. Nos contó que sus hijo se habían sentido indigestos al día siguiente de conocernos y que por eso iban un poco más lentos de lo previsto. Les deseamos suerte y buen camino. No los volvimos a ver.

Llegamos al albergue y la gente ya se disponía a preparase la cena. El alojamiento estaba bien preparado dos grandes habitaciones y una cocina moderna. Nos servimos dos copitas de vino en nuestros vasos de plástico y disfrutamos de un cigarro en el porche del albergue viendo la lluvia caer antes de hincarle el diente a la pizza. Fuimos los primeros en entrar al comedor pero no se tardó en llenar. Al grupo en el que iba el chico gallego que nos recomendó la pizza pronto se les unió otro de sevillanos que pronto se hicieron de notar. – Juaniiitooo, Juaniiitooo le cantaban a un peregrino japonés que cenaba en nuestra mesa. No logré saber porque le llamaban así pero era inevitable partirse de risa al escuchar aquello. Al colega japonés parece que tampoco le importaba, es más sonreía cada vez que se lo gritaban.

Durante la sobremesa comenzamos a charlar con ellos. Nos contaron la infraestructura que llevaban montada para poder caminar sin mochilas. Llevaban dos coches uno que dejaban en el lugar donde dormían y donde dejaban las mochilas y otro que el día anterior habían dejado en el pueblo donde iban a dormir al día siguiente. Nos enseñaron los pies. Uno llevaba una ampolla brutal que le rodeaba todo el talón. Es importante no llevar un calzado de montaña demasiado rígido, si sirve, nosotros llevábamos zapatillas de running reforzadas y no tuvimos que lamentar ninguna herida en los pies. En un momento se creo un clima especial de tertulia. El gallego nos contó que era de Vigo pero que durante mucho tempo estuvo fuera de su ciudad por trabajo y que le encantaban los coches antiguos. Nos enseño fotos de algunos que había restaurado él mismo y la verdad es que le habían quedado muy bien.

Fue también un momento nostálgico. Ellos iban a llegar a Arzúa el día siguiente, nosotros teníamos decidido quedarnos en Melide por lo que no nos volveríamos a ver durante el Camino. Por un momento dudamos en hacer la etapa entera pero nos parecía demasiado para nuestras piernas, 30 kilómetros podían dejarnos fuera de combate. Seguía lloviendo y hablando, hablando se nos hicieron las diez de la noche, hora de acostarse.

Todo estaba planeado para que esta y la siguiente fueran dos etapas tranquilas para recuperar y afrontar con fuerza los últimos dos días. Sin embargo, no fueron tanto. Me levanté con un fuerte dolor en la planta del pie que me acompañó durante todo el día. Decidimos desayunar en Palas, encontramos cerca de la iglesia una cafetería abierta. No había mucha gente pero sólo una persona sirviendo cafés. Tardamos bastante. Menos mal que no nos importaba demasiado la etapa iba a ser corta.

Nada más salir de Palas del Rey nos encontramos al matrimonio con el que habíamos compartido comedor el día anterior. Resultó ser una pareja de Madrid dedicada al negocio de la hostelería. Comenzamos a charlar y a compartir la etapa. Me había tomado un ibuprofeno pero el dolor en el pie era cada vez más fuerte. En varias ocasiones estuve a punto de cortar la conversación y parar. Me sabía mal hacerles esperar con lo que les habría dicho que continuaran sin nosotros. Pensé que quizá les parecía una escusa para deshacernos de ellos. El calmante fue poco a poco haciendo su efecto y la animada conversación ayudaba a que el pie doliera menos o a no pensar en ello. Es lo bueno que tiene el Camino de Santiago conoces a alguien y a las dos horas parece que sea amigo de toda la vida.

El día era gris pero no llovía. Y menos mal que no lo hacía, el día anterior habíamos comprobado que con los chubasqueros podíamos pasar mucho calor. El paisaje por momentos no era como para disfrutarlo, había varios tramos en los que hay que circular por carretera. Eso sí pasamos por varios pueblos bastante pintorescos, sobretodo el último antes de llegar a Melide. Sólo tres horas y media después de salir de Palas habíamos llegado a nuestro destino. Ahora tocaba buscar el restaurante Ezequiel para comer un buen plato de pulpo A Feria para almorzar.

Nuestro Camino de Santiago. Etapa 4 Portomarín – Palas del Rey (22 km)

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Portomarín puede ser el pueblo más bonito en el que hicimos noche durante nuestro Camino de Santiago. Reconstruida pieza por pieza en 1962, su iglesia es sin duda su principal atractivo. En ese año se decidió construir el embalse que ocupa la zona en la que estaba situado el pueblo primitivo. De hecho, cuando baja la marea es posible ver asomar del agua algunos de los edificios del pueblo antiguo que ahora se encuentra sumergido. Portomarín es pequeño pero tiene lo necesario que puede necesitar un peregrino. Supermercado, restaurante, tienda, farmacia y hasta una piscina municipal que, si el tiempo acompaña, puede ser un buen aliado para el caminante. A mediodía comimos en un restaurante de los que está en la plaza, conforme estábamos de cansados tampoco pudimos buscar mucho más, bajo de un porche, muy cerca del albergue público. Hay varios juntos, todos tienen una pinta similar y creo que fue el segundo empezando a contar por el albergue. Comimos empanada y carne, muy buena por cierto. No fue la mejor comida pero estuvo muy correcta.

Portomarín – Palas es la segunda etapa más larga de Nuestro Camino de Santiago, sólo medio kilómetro menos que la etapa reina. Según el lugar que escojas para dormir en Palas harás más o menos kilómetros. En este pueblo hay dos albergues, uno de ellos está a kilómetro y medio antes de llegar. Si duermes en el pueblo tendrás que andar un poco más. Nosotros nos quedamos en el primero. Muy nuevo y de lo mejorcito que nos encontramos durante todo el viaje. El del pueblo es más pequeño y por lo que nos comentaron al día siguiente compañeros que durmieron allí bastante más antiguo.

La etapa es de las menos bonitas del recorrido. Es larga pero no tiene un perfil demasiado complicado. Desde primera hora amenazó lluvia aunque ésta nos respetó hasta llegar a Palas del Rey. En cualquier caso ese ambiente pre lluvioso hizo que la etapa transcurriera sin calor. Salimos, como cuento en el vídeo, un poco antes de las 7 de la mañana. La hora vamos a decir «oficial» para levantarse en los albergues públicos son las 6. Te puedes levantar a la hora que quieras, nunca más tarde de las 8h porque cierran, pero digamos que la mayoría se levanta a esa hora. Un poco más adelante conocimos a un grupo de paisanos que a esa hora ya llevaban casi media etapa andada.  Llegamos sobre las 12.30h, vimos que en el primer albergue no había mucha gente esperando y decidimos quedarnos allí.

Lavandera gallega

Como decía antes el perfil de la etapa no es demasiado complicado. Sólo hay dos rampas que se hacen bastante pesadas. La primera nos aborda casi acabando de digerir el desayuno. Se sale de Portomarín bajando por la calle situada justo enfrente de la puerta de la iglesia y una vez abajo se cruza un puente menos traumático para los que padecemos de vértigo que el de entrada. La subida nos la encontramos durante el primer kilómetro. Hay que esperar un rato más para llegar a la segunda que está un poco antes del ecuador de la etapa, saliendo del pueblo de Cozar.

Lo mejor de la etapa, como casi en todas, son los paisajes, aunque en esta no abunden, y sobre todo el pasear por los pueblos en los que observar como es la vida allí. Da la impresión de que, aunque circulen por su pequeña aldea cientos de personas cada día, los lugareños actúan como si nada, pendientes de sus quehaceres diarios, como esta señora  a la que encontramos lavando ropa un lavadero mientras su perro espera a que termine.