Busco a mi hijo

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Catarroja reúne a más de 200 personas de la Comunidad Valenciana, Murcia y Aragón que sospechan que sus hijos fueron robados poco después de nacer.

La Casa de la Cultura de Catarroja empezó el pasado sábado a llenarse de gente desde primera hora de la mañana. Algunos habían recorrido muchos kilómetros para llegar hasta allí. Lo primero que hacían era rellenar un formulario en el que se debía de especificar los datos personales y los de la persona a la que querían buscar. La mayoría son padres que buscan a sus hijos.

Antonio llega desde Manises. Es la primera vez que acude a una reunión como ésta. Hace la cola para poder hacerse la prueba de ADN. Su idea es poder contrastar los datos con los de los restos de su hijo fallecido el 1 de marzo de 1985 cinco horas después de nacer. “Primero nos dijeron que era una niña, después que un niño, después que había nacido deforme y a las horas que había muerto”, nos cuenta Antonio. Hace casi 30 años de aquel episodio pero lo recuerda como si fuera ayer. “Vino el médico y nos dijo que si ya teníamos dos hijos que para que queríamos otro”, recuerda con rabia. “Me paró un familiar porque si no lo llega a hacer le hubiera pegado un puñetazo”, reconoce.

Vicen busca a su hermano. Nació en 1969 en el hospital de La Cigüeña. Cuenta que a las dos horas de nacer les dijeron que había muerto por un problema en el bazo. En un principio no sospecharon, sin embargo, poco después empezaron a hacerlo al ver que ocurrían cosas extrañas como que no existía ningún informe médico sobre las causas del fallecimiento. Mira hacia todas partes buscando un chico alto, delgado, moreno y con el pelo rizado. “Es como nos hemos imaginado que podría ser ahora viendo al resto de la familia”, nos confiesa Vicen.

José Ramón se desplaza desde Alicante. Busca a un cuñado. Su suegra, ya mayor, cree que le quitaron a su hijo nacido en agosto de 1972. “Les dijeron que el bebé tenía problemas y lo llevaron a la incubadora”, explica José Ramón. A las pocas horas, algo que se repite en la mayoría de las historias, se les comunicó que el niño había fallecido que ya estaba enterrado y que el hospital se había hecho cargo de todo. El padre pidió ver el cadáver pero no le dejaron. Al tiempo, la familia necesitó papeles sobre el fallecimiento. José Ramón fue al cementerio y se encontró con que las fechas no coincidían, que había facturas de un entierro pagadas dos meses después del fallecimiento del niño y que en los documentos, los nombres estaban tachados. “Mi suegra está convencida de que se lo robaron y por eso he venido para informarme y poner una denuncia para que se pueda investigar”, comenta. Dos de los tres cuñados de José Ramón tienen dos dedos del pie derecho pegado y piensan que la persona a la que buscan podría tenerlos también.

Ana es de Ribarroja del Turia. Después de dar muestras para el análisis de ADN nos cuenta su historia. Su hija nació el 16 de enero de 1979 en el hospital La Fe de Valencia. Al poco tiempo, les dijeron que la niña había nacido mal y les aconsejaron no verla. El marido de Ana no hizo caso de las recomendaciones e insistió en ver el cadáver. “Nos lo enseñaron muy de lejos, casi no vi nada”, recuerda Mario, marido de Ana. Siempre pensaron que algo raro había pasado. El hospital también les dijo que se encargarían del entierro. “Éramos muy jóvenes y por la inexperiencia accedimos. La enterraron en una fosa común, por lo que ahora no podemos levantar el cadáver para hacerle pruebas de ADN y comprobar que de verdad es nuestra hija”, cuenta Ana.

Valencia ciudad de salida

La organización del encuentro trabaja para poder crear una base de datos de afectados de la zona con la que encontrar coincidencias de fechas, nombres de médicos y hospitales con el fin de poder ayudar a la fiscalía en sus investigaciones. Inés Madrigal, coordinadora de los afectados de la Comunidad Valenciana, Murcia y Aragón, animó a todo el que tenga sospechas fundadas a que denuncie su caso. “Si no se presenta denuncia los fiscales no pueden investigar”, comentó Inés. Además, aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento a los padres adoptivos a los que pidió su colaboración. “Muchos no saben que los niños fueron robados a otras madres. No va a pasar nada, sus hijos les van a seguir queriendo igual pero también tienen que saber que sus padres bilógicos les quisieron y les quieren”, comentó Inés.

Otra de las organizadoras, Mari Ángeles de la Fuente, fue más lejos y se atrevió a señalar que Valencia durante las décadas de los 70 y 80 fue una puerta de salida de bebés robados hacia muchos lugares de España. La razón para llegar a esa conclusión, según Mari Ángeles, es la cantidad de casos que les van llegando a diario. En poco más de un mes han recogido información sobre 56 casos, 25 de ellos en la ciudad de Valencia. Para tratar de canalizar todas las peticiones se ha puesto a disposición de los interesados la dirección de correo electrónico basededatoslevante@hotmail.com.

En muchos casos son más de 30 años los que han pasado desde que ocurrieron los hechos. Tres décadas de rabia, impotencia, dudas, sospechas e incertidumbre. Sensaciones que se repiten en la mayoría de los casos. Después de tanta pelea, muy pocos conseguirán encontrar a sus hijos. Otros se toparán con que era verdad que sus bebés murieron. Pero todos vivirán más tranquilos.

Reportaje publicado en el periódico Valencia Express el día 3 de junio de 2011

El Socorro cumple medio siglo

Reportajes

El Colegio Ntra. Sra. del Socorro de Benetússer abrió sus puertas en el año 1960 con 42 alumnos, hoy son más de 1000 los niños que pueblan sus aulas

A mediados de la década de los 50, la enseñanza post obligatoria en Benetússer no estaba al alcance de todo el mundo. Pocas familias podían permitirse el que sus hijos no ayudaran económicamente a sus padres. A esta circunstancia había que añadirle que esta localidad carecía de un centro donde estudiar Bachiller. Los más cercanos eran el Instituto San Vicente Ferrer y el Luis Vives, ambos en Valencia.

Fue entonces cuando un grupo de personas de la población, encabezadas por Eduardo Ballester, empezaron los contactos con instituciones oficiales y organismos educativos con el fin de poder construir un centro. El proyecto cristalizó gracias al esfuerzo de personas anónimas y entidades que prestaron dinero a la causa para adquirir tres solares en la ‘Partida de la Cadira’. Finalmente, en 1960 se consiguió crear las filiales de los institutos Luis Vives y San Vicente Ferrer que dos años después dieron lugar al Patronato de Enseñanza de Nuestra Señora del Socorro. Las clases comenzaron, de forma provisional, en el curso 1960-1961, en los locales de la Casa Abadía, en la calle de Cervantes, con 25 niños y 17 niñas matriculados. No fue hasta 1963 cuando el Arzobispado cedió definitivamente el terreno para construir el centro como se conoce actualmente. Tuvieron que pasar 9 años más para que el otro edificio, el de EGB entonces, de infantil y primeria ahora, fuera también una realidad.

Hoy, son ya más de 1000 los niños que año tras año se educan en sus aulas. ‘Lo que más perdura en nuestro recuerdo es la satisfacción del trabajo bien hecho al ver el progreso de un niño con dificultades o la sonrisa cómplice de un alumno que nos muestra satisfecho el aprobado que le abrirá las puertas a la Universidad o a otros estudios superiores’, comenta Álvaro Fontes, director técnico 3º-4º ESO y Bachillerato del colegio. Otro de los detalles que más enorgullecen a los profesores del Socorro es ver como los que antes eran alumnos llevan a sus hijos al colegio. ‘Que los que fueron alumnos confíen en nosotros para educar a sus hijos nos provoca mucha satisfacción. Eso nos hace pensar que lo hicimos bien’, nos cuenta Pepe Catalá, profesor de primaria desde el año 78.

En 50 años el colegio ha cambiado mucho de aspecto. Han sido muchas las reformas en busca de adaptarse a los nuevos tiempos. En 2001 se inauguró una de las obras que más ha cambiado la imagen del colegio, el pabellón deportivo. También el comportamiento de los alumnos ha variado. ‘Los niños ahora se comportan distinto. El problema creo que es de los padres que están, en general, consintiendo mucho a los niños. Antes los padres no venían al colegio a quejarse tanto como lo hacen ahora’, cuenta Adolfo Escribano profesor de Primaria tras su experiencia de 33 años de docencia en el Ntra. Sra. del Socorro.

La falta de autoridad por parte de los padres se está notando también en el aumento de los niños que se quedan a comer en el comedor del colegio. Según muchos de los profesores, esto se debe a que los progenitores no quieren asumir la educación alimenticia de los hijos y por eso los dejan a comer en el centro para que aprendan a alimentarse y coman equilibrado. Miguel Domingo, conserje del colegio desde hace 22 años, cuenta una anécdota que refleja como la relación entre padres e hijos ha cambiado. Un día una alumna bajó a la conserjería a decirle a Miguel si podía llamar a casa porque se le había roto la sandalia. Durante la conversación con su madre, la niña le insistía que fuera al mercado a comprarle otras sandalias del mismo color que las que se le habían roto. ‘La mamá le decía que para que quería otras si ya tenía muchas en casa. La niña le contestaba que porque iba vestida de color rosa y las que tenía en casa no le combinaban con la ropa que llevaba en ese momento. Al final la madre se las compró y las trajo al colegio. Eso hace 15 años no hubiera pasado’, explica Miguel.

La irrupción de los teléfonos móviles también ha supuesto un cambio en el colegio. Prácticamente todos los niños tienen uno. A pesar de que en el centro está prohibido utilizarlo, se permite que los niños lo lleven apagado en la cartera. Miguel Domingo cuenta otra anécdota sobre este asunto. Una mañana fue al colegio una madre y le dio un bocadillo para su hija argumentándole que a la niña se le había olvidado en casa. ‘Cuando estoy subiendo las escaleras para ir a la clase a llevárselo a la alumna, el bocadillo empezó a vibrar. Lo abrí y mi sorpresa fue que dentro del pan había un móvil. Hablamos con la madre y nos dijo que su hija la había amenazado con marcharse del colegio si no le llevaba el teléfono’, recuerda esbozando una sonrisa Miguel.

Sin embargo, no todo ha cambiado para mal con el paso del tiempo. Marisa Prado fue durante 14 años alumna del colegio y lleva 4 años como profesora. ‘Cuando yo era alumna no se me ocurría contarle mis problemas a los profesores, sólo hablaba con ellos de temas educativos y poco más. Ahora nos cuentan sus cosas, nos piden opinión y consejo sobre temas personales y nos tienen muy en cuenta. Se establece un vínculo muy bonito con los chavales’, nos cuenta. Además, añade Marisa que una de las cosas que más le ha sorprendido del cambio de alumna a profesora es ‘lo mucho que se preocupan los maestros por los chicos’.
Paralelamente al crecimiento del colegio se ha consolidado también el Club Deportivo Ntra. Sra. Del Socoro que este año cumple 23 años. Javier Amador, coordinador del Club y profesor de Educación Física del colegio, recuerda los éxitos conseguidos en estos años. ‘Fuimos campeones de España de Balonmano femenino, teníamos una gran cantera. Dos de las jugadoras fijas ahora mismo en la selección española se criaron en nuestro club’, señala Javier.

50 años son muchos o pocos según se mire. La emoción que refleja la cara de las personas que trabajan en el colegio Ntra. Sra. del Socorro cada vez que hablan de los alumnos y de su trabajo augura muchos años más de educación para uno de los centros de referencia de la comarca. Que cumplan muchos más.

Reportaje publicado en el periódico Valencia Express el día 27 de mayo de 2011

Una vida de baile

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Roberto y Erundina se conocieron hace más de 50 años gracias al baile y hoy siguen compartiendo esa afición

Roberto Esteve y Erundina Tomás son dos vecinos de Alfafar que con 84 años él y 80 ella continúan participando en concursos de baile. Al primero al que asistieron fue en el año 91, cuando ganaron el campeonato autonómico en Gandía. El último, en Aldaia el pasado 14 de abril donde quedaron en la sexta posición entre más de 60 parejas de toda la comarca.

A Roberto la afición le viene desde la juventud. ‘Fui a ver una película de Fred Astaire y Ginger Rogers y les vi bailar “La cumparsita” y me enamoré del baile, a partir de ese momento empecé a interesarme por esta afición’, nos comenta. De hecho, la coreografía con la que han ganado decenas de concursos está inspirada en la de Astaire y Rogers. Gracias a sus dotes de bailarín conquistó a Erundina.

La única comisión fallera que hace 50 años se plantaba en Benetússer celebraba un baile. En casa de Erundina todos estaban un poco resfriados y nadie tenía ganas de salir. Unas amigas la convencieron para acudir al baile. ‘Vinieron dos chicos a pedirme que bailara con ellos y les dije que no. Entonces vino Roberto y bailamos. Nos salió perfecto’, recuerda Erundina. Antes la tradición marcaba que al finalizar los bailes se subastaban ramos de flores. Los chicos pujaban por ellos para regalárselos a las mozas. ‘Roberto se gastó el sueldo de toda una semana de trabajo para comprarme el ramo’ recuerda entre sonrisas ella. Cerraron el baile y luego se fueron cada uno a su casa.

Por la cabeza de los dos pasó durante los días posteriores lo emocionante que había sido bailar juntos aquella tarde. Pocos días después se volvieron a ver por casualidad cerca de casa de Erundina. Roberto se quedó un buen rato esperándola en la puerta hasta que la vio salir y pudo hablar con ella. Así empezó, esta bonita historia de amor que ha tenido como fruto 3 hijos, 5 nietos y 2 bisnietos.

Desde entonces no se han vuelto a separar. Ella durante muchos años fue cajera de una famosa carnicería de Benetússer. Él, encargado de una empresa de fabricación de mueble auxiliar en la misma localidad. A pesar de ser unos enamorados del baile, durante muchos años no tuvieron demasiado tiempo para poder disfrutar de su gran pasión. ‘Había que trabajar para sacar adelante la familia y quedaba poco tiempo para dedicarlo a las aficiones. Sólo bailábamos en las bodas’, nos cuenta Roberto.
Ha sido a partir del año 91, coincidiendo con la jubilación de Roberto, cuando de verdad han podido disfrutar de su hobby. Ese año se presentaron a su primer concurso y sin haber pisado nunca una academia se clasificaron para participar en el campeonato autonómico que se celebró en Gandía. Como no podía ser de otra manera, lo ganaron. Todavía conservan la grabación de esa competición y de vez en cuando se la ponen y recuerdan su éxito. ‘Nuestro hijo nos la ha pasado a DVD porque si no ahora ya no la podríamos ver’, nos cuenta Erundina.

Han estado de viaje con el Imserso en muchas ciudades de España y en todas han participado en diferentes competiciones. La pareja cuenta que en algunos sitios les han reconocido después de tres o cuatro años sin verse gracias a que se acordaban de sus coreografías. ‘Hay gente que cuando nos ve nada más llegar nos pregunta, vosotros sois los del tango no?’ Además, todos los viernes acuden al Hogar del jubilado de Alfafar y los sábados al de Sedaví para compartir con sus amigos un ratito haciendo lo que más les gusta, bailar.

Su modalidad favorita es el tango. Roberto nos explica que lo que ellos bailan no es el clásico tango argentino sino que se trata de una adaptación. ’Una vez en una competición, se nos acercó una persona y nos comentó que lo que nosotros bailábamos era tango europeo y no argentino. Nosotros no sabemos mucho porque no hemos ido a clase nunca. Montamos la coreografía basándonos en la película’, nos aclara.

Su coreografía la mantienen fija para los concursos. Durante su actuación, hay un momento especialmente emotivo para ellos que es cuando Roberto coge a Erundina de la cintura y ligeramente inclinados le besa. ‘Nadie se lo espera y por eso que la gente se sorprende mucho cuando lo ve y lo aplaude muchísimo’, nos dice Erundina. El aplauso les carga de energía y les anima a continuar con el espectáculo.

Su canción favorita es “Tu Carta” de Manolo Escobar, porque les encanta la letra. Cuenta la historia de dos enamorados que rompen su relación a través de una carta. Ella le dice a él que ya no le quiere y que en ‘su ausencia ha conocido a otro amor’. Desde luego, el baile nunca va a estar ausente de las vidas de Roberto y Erundina por lo que será imposible que conozcan otro ‘amor’ que les separe de esta afición que tanto les ha unido.

Publicado en el periódico Valencia Express el viernes 20 de mayo de 2011

Contra la crisis solidaridad

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El comedor social Santa Ángela de la Cruz de Silla da de comer a 64 personas tres días a la semana.

La crisis económica que está sufriendo nuestro país nos está afectando a todos. Sin embargo, hay personas que lo pasan peor que otras. Muchas familias se ven obligadas a recurrir a la solidaridad de los demás para poder cubrir la necesidad más básica del ser humano, la alimentación. Para responder a este problema, el pasado 18 de febrero se inauguró el comedor social Santa Ángela de la Cruz en los locales de la parroquia de San Roque de Silla.

Hace un año, Cáritas de esta localidad detectó que la ayuda que estaban prestando a muchas de las familias – una vez al mes se les proveía de alimentos -no era suficiente. Es por ello que esta parroquia empezó a valorar la necesidad de buscar otra solución a los problemas que sufrían estas personas. ‘Muchas de las familias que ayudábamos a la semana de darles los alimentos ya no les quedaba nada’, nos cuenta Antonio Ferrando párroco de la iglesia de San Roque.

En noviembre se pusieron manos a la obra y el 18 de febrero empezaron a repartir raciones de comida entre los vecinos de Silla. La adecuación de unos de los locales de la parroquia para transformarlo en cocina fue un monumental gesto de solidaridad. ‘Fue emocionante. Todo el mundo se volcó con nosotros. No cobró nadie por su trabajo, ni el fontanero, ni el albañil, ni el carpintero, ni el marmolista y casi todo el material necesario fue donado.’, reconoce María José Torrijos coordinadora del comedor.

Gracias a estas donaciones en estos momentos el comedor está en marcha aunque todavía les quedan algunas necesidades por cubrir. Por ejemplo, no cuentan con una cámara frigorífica en la que almacenar alimentos. La necesidad de almacenamiento se está haciendo cada vez más grande debido al aumento progresivo de las familias que están solicitando esta ayuda. Sólo en tres meses de funcionamiento las raciones de comida se han multiplicado por dos.

Son 30 voluntarios los que lunes, miércoles y viernes cocinan y sirven la comida. Muchos de ellos abandonan sus obligaciones profesionales momentáneamente para poder servir a los demás. ‘Te sientes llena con lo que haces, te da mucha satisfacción, si nos pagaran no lo haríamos tan a gusto aunque trabajamos como si nos pagaran’, reconoce María José.

La solidaridad de los vecinos en sus aportaciones hace que el comedor pueda funcionar. Los alimentos que aquí se cocinan son la mayoría donados por feligreses de la misma parroquia. ‘Saben lo que estamos haciendo y muchas veces se te acercan en la iglesia después de misa y te preguntan que es lo que nos hace falta. Al día siguiente vienen por el comedor y nos traen aceite, pasta, arroz dependiendo de lo que les hayamos pedido’, nos cuenta María José. El resto de ingredientes los compran gracias a los donativos que Cáritas recibe. Para poder mantener el proyecto, la parroquia ha comenzado una campaña en la que anima a la gente a practicar la solidaridad. Se insta a las personas a que el día de su cumpleaños, onomástica o aniversario realice un donativo de 50 Euros para pagar la comida de ese día para las 64 personas que reciben esta ayuda. (Bancaja 2077 0245 72 1100361051)

Todas las familias que van al comedor han pasado por los servicios sociales del ayuntamiento de Silla. Tras el primer estudio de su situación, son repartidos por las diferentes Cáritas parroquiales de la localidad. Los que peor lo están pasando son los que van a por la comida al comedor Santa Ángela de la Cruz. ‘Nos gustaría poder ayudar a todo el mundo pero de momento sólo atendemos a familias de Silla’, aclara el párroco Antonio Ferrando.

A partir de las 12 de la mañana de los tres días en los que funciona el comedor van llegando las personas para recoger las bolsas con las raciones de comida que luego se llevarán a sus casas. Hay de todo. Gente que llega con una sonrisa en la cara y que asume con normalidad que le ayuden y gente que se siente avergonzada por tener que recurrir a la caridad para sobrevivir. ‘Algunos no vienen por vergüenza, por no encontrase con conocidos que descubran la situación por la que atraviesan’, nos cuenta una voluntaria de comedor.

Violeta es una chica rumana de sólo 21 años que lleva 10 meses en Silla. Entra al comedor con la desesperación reflejada en su rostro. El primero que vino a España buscando una mejor situación para su familia fue su marido. ‘El año pasado él estuvo trabajando en la recogida de naranja, le fue bien y por eso vinimos mi hija de un año y yo. Pero esta campaña ha sido mala por culpa de las heladas y a mi marido no le han contratado’, nos confiesa. Su situación es límite, deben 3 meses de alquiler y temen que los echen a la calle. Estudió matemáticas y habla perfectamente inglés pero no encuentra trabajo. ‘Lo he intentado todo, en alguna ocasión me llaman para limpiar escaleras pero son muy pocas veces, no sé qué es lo que vamos a hacer. Si no fuera por esta ayuda habría días que no tendríamos nada que comer’, cuenta Violeta.

Con otro semblante recogen su comida Rocío y Manuel. Este matrimonio de 32 años y con dos hijos de 5 y 9 años también sufre el drama del paro. Él, tras trabajar de forma continuada durante 16 años en la construcción, lleva más de 18 meses sin empleo. Ella no puede trabajar y está de baja con una incapacidad permanente. ‘La prestación que cobro por enfermedad la destinamos íntegramente a pagar la hipoteca y con los 426 euros que cobra Manuel es imposible pasar el mes, por eso venimos al comedor’, nos cuenta Rocío.
En 1865 una oleada de cólera azotaba la ciudad de Sevilla. Sor Ángela de la Cruz, ‘la madre de los pobres’, se multiplicaba para poder ayudar a hombres, mujeres y niños castigados tan duramente por la miseria. Hoy, 150 años después, María José, Vincens, Antonio y los demás voluntarios del comedor mantienen vivo ese espíritu solidario tan necesario en tiempos difíciles.

Publicado en el periódico Valencia Express el día 18 de mayo de 2011

Cuatro maratones contra el cáncer

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El atleta albalense José Antonio Miguel Garrido recorre los 160 kilómetros que separan Albal y Ledaña (Cuenca) para apoyar la lucha contra el cáncer.

José Antonio llevaba tiempo planeando rendir homenaje a su abuelo fallecido a causa de un cáncer y se le ocurrió que la mejor forma de hacerlo era completar al trote los 160 kilómetros que separan Albal, localidad donde vivió su abuelo, con la localidad donde éste nació, Ledaña en la provincia de Cuenca. Además de por su abuelo, con este reto José Antonio quería conseguir demostrar que hay mucha gente peleando diariamente contra esta enfermedad y animar a todo el que esté sufriéndola directa o indirectamente a que no arrojen la toalla y sigan luchando.

Unos meses antes de la proeza empezaron los preparativos. Para llegar físicamente bien al reto, José Antonio, junto con más compañeros del Club Atletismo Silla, corrió los maratones de Madrid y de Barcelona. En cuanto a la logística, la carrera contó con el apoyo tanto de los ayuntamientos de Albal y Ledaña como de la delegación provincial de la Asociación Española contra el Cáncer. Esta última, les facilitó material como llaveros, folletos y protección solar para que pudieran repartirlas a su paso por los pueblos. ‘Cuando llegamos a Los Cárceles sólo vimos a una señora con una carretilla que venía cargada con una vajilla entera. Le dimos unos llaveros y protección para el sol y le contamos lo que estábamos haciendo. Ella emocionada nos ofreció unos refrescos y llamó a todo el pueblo para que saliera de sus casas a recibirnos’, explica José Antonio.

La expedición estaba formada por cuatro personas. Francisco Lahoz que acompañó a José Antonio en todo el recorrido, Fernando Apolo que hizo de chofer de la furgoneta de apoyo y Manolo Varea que hacía de cocinero. La hazaña arrancó el jueves a las 18.30h desde el ayuntamiento de Albal. La primera etapa fue la más corta de las tres, sólo 30 kilómetros. Sin embargo, lo que en un principio iba a ser un trayecto cómodo se convirtió en un ‘infierno’ por culpa de la lluvia, según nos cuenta José Antonio. ‘Lo teníamos todo controlado, pero no pensábamos que iba a llover tanto’, reconoce el atleta. Las inclemencias meteorológicas les hicieron retrasarse de su horario. No llegaron al primer destino hasta las 23.30h.

Los contratiempos continuaron a la mañana siguiente. Fernando Apolo tuvo que abandonar al conocer que un familiar estaba gravemente enfermo. El equipo tuvo que recomponerse. Manolo Varea asumiría las funciones de Fernando. Así arrancó la segunda etapa, por delante 80 kilómetros hasta llegar a Venta del Moro. Estaban preparados físicamente para recorrer esa distancia, sin embargo José Antonio reconoce que durante este tramo vivió el momento más duro del reto. ‘A falta de 7 kilómetros para llegar al final de la segunda etapa, no podíamos correr, teníamos todo el cuerpo acalambrado y teníamos fiebre. Francisco y yo nos sentamos en la cuneta de la carretera. Pensaba que no íbamos a poder llegar. Descansamos un rato y entre los dos nos animamos a continuar’, confiesa José Antonio.

La expedición llego exhausta al final del segundo día. En Venta del Moro les esperaba un fisioterapeuta del ayuntamiento de Albal para tratar de recuperarles para el último día. Después de completar la proeza, José Antonio cuenta que el propio recuperador les reconoció que no confiaba en que el último día pudieran correr.

Pero si que pudieron. Gracias a los calmantes, los atletas salieron temprano de Venta del Moro para recorrer el último tramo del reto. No era el más largo, pero si el más complicado por la cantidad de pendientes, alguna incluso del 14%, que se iba a encontrar durante el recorrido final hasta llegar a Ledaña. Les acompañaron guardas forestales durante el momento en el que atravesó el paraje de las Hoces del Cabriel y por la Guardia Civil de Tráfico al salir a la nueva carretera del Eje de la Manchuela.

El día que parecía más complicado por la acumulación de cansancio se convirtió en el más apacible. De hecho, llegaron al pueblo de Villamalea tres horas antes del horario previsto. Allí, se les unieron algunos corredores del club de atletismo de Ledaña que, de esta forma, quisieron reconocer a José Antonio y sus compañeros su proeza.

Sólo quedaban 15 kilómetros para completar la hazaña. A las seis de la tarde en punto, cumpliendo así con el horario previsto, el grupo llegó a Ledaña. Allí les esperaba todo el pueblo que salió a recibirles. ‘Fue el momento más emocionante del todo el reto, sobre todo por ver a mucha gente que se había desplazado desde Albal para estar con nosotros’, nos cuenta José Antonio.

Se completaba así el homenaje de José Antonio a su abuelo, del que dice fue como un padre para él y que luchó con una entereza encomiable contra la enfermedad para estar al lado de los suyos durante el máximo tiempo posible.

Reportaje publicado en el periódico Valencia Express el viernes 6 de mayo de 2011