La radio de los mayores

Comunicación, Reportajes

Xirivellea punto com es un programa de Radio Ramón Muntaner hecho por y para mayores.

Es viernes, son las 10 de la mañana y empieza a sonar la cabecera del programa. Se escucha la voz de Rosario que anuncia que es el momento de los mayores en RMM. Rosario era la mujer de Enrique Pastor. Es justamente él el primero en hablar. Junto con Nieves y Milagros abren el programa con las noticias.

‘Desde el principio veníamos los dos a la radio. Hace 5 años que mi mujer falleció. Al principio no quería oír la cabecera porque me ponía muy triste. Ahora me encanta ya que es la única forma que tengo de escuchar su voz’, nos cuenta Enrique. Este camarero jubilado ya tuvo un primer contacto con la radio en su juventud. ‘Estando en el servicio militar en Alicante, la novia de uno de los mandos trabajada en Radio Alicante. De vez en cuando me llevaba a la emisora a recitar poesía’, recuerda Enrique.

Tras las noticias, Nieves se marcha a por sus nietos al colegio. Tiene que ir a casa y hacer la comida antes de que lleguen. Después del repaso a la actualidad de los mayores entra en escena Gervasio Hernández que lee unas interesantes reflexiones de Mario Benedetti acompañadas de la música que sirve Cristóbal Ramos desde el control técnico.

La poesía también tiene su espacio en el programa. El poeta es Elías Pérez que padece parkinson. Le cuesta mucho escribir a máquina sus poesías y sostener el papel en la mano para poderlas recitar en la radio. Es por eso que las trae memorizadas de casa. Dice que le gusta escribir desde que era joven. ‘Soy de un pueblo de Cuenca y allí había mucha afición a cantarle a la virgen y a las muchachas solteras’, explica Elías.

Son las once de la mañana y empieza a apretar el hambre. Es el momento de que Ana Boronat nos cuente como hacer unas croquetas de bacalao caseras. Ana es la que más problemas tiene para llegar. Viene con su ‘descapotable’, un andador que le ayuda a poder caminar sin perder el equilibrio. ‘Voy muy despacito. La chica de conserjería me ayuda a subir las escaleras para llegar a la emisora. Los días que llueve no puedo venir’ señala Ana.

La salud es importante para los mayores. Es por ello que ya casi en la recta final del programa Cristóbal deja los mandos técnicos para dar consejos para llevar una vida más saludable. Hoy toca hablar de la halitosis. Cristóbal está triste hoy porque María, su compañera de sección, no ha acudido a la cita.

Conforme avanza la mañana van llegando más locutores del programa a los estudios. Los últimos en llegar José Sáez y su esposa Rosalía. Ellos hablan de curiosidades varias. José tiene una deficiencia visual importante. Tiene que imprimir sus textos con letra veinte y ponerse dos gafas para poder leerlos. Sin embargo, se le ve en la cara que disfruta con su mujer del ratito de radio que comparten. Rosalía, además, es la fallera mayor de la falla que montan cada año los mayores de Xirivellea punto com que fabrican con sus propias manos.

Antes de terminar el programa escuchamos un poco de música de los sesenta y setenta y las clases de ortografía de Palmira Martí. Esta maestra jubilada ayuda a que los mayores que tengan problemas a la hora de escribir puedan solucionarlos. Son más de las doce del medio día y hay que terminar el programa. Todos se despiden y se marchan citándose la próxima semana a la misma hora y en el mismo lugar.

El estudio se vacía y José María Casado se queda sólo programando la emisora para que siga sonando música. José María es el director de la radio. La emisora pertenece al instituto Ramón Muntaner de Xirivella. Emiten desde hace quince años en el 94.9 del dial. En un primer momento se emitía en circuito cerrado por megafonía para el instituto pero poco después se dio el salto a las ondas. José María recuerda que tuvieron que sacar dinero vendiendo 500 camisetas para poder comprar los aparatos necesarios para emitir.

Esta concebida para que los alumnos del instituto puedan completar sus prácticas de la asignatura de audiovisuales y lengua castellana. Sin embargo, hace diez años la concejalía de bienestar social del ayuntamiento les propuso la idea de hacer el programa. Desde ese momento Xirivellea punto com se mantiene en antena con mucho éxito. Su repercusión ha sido tal que en 2004 recibieron el premio Imserso que entregó la infanta Cristina.

Semana tras semana los ancianos de Xirivella se reúnen en Radio Ramón Muntaner. Dejan a un lado sus dolores y preocupaciones. Se sienten útiles para la gente que está al otro lado del aparato receptor y demuestran la misma pasión por la radio que los jóvenes del instituto.

Publicado en el periódico Valencia Express el viernes 8 de abril de 2011

La guerra no es lugar para niños

Reportajes

Picanya acogió durante la Guerra Civil a casi doscientos menores que huían de los horrores del combate.

En octubre de 1936, el gobierno republicano presidido por Largo Caballero puso en marcha el Comité de Refugiados, que pretendía ‘sustraer a la infancia del ambiente bélico’. La proximidad de la lucha armada aconsejaba evacuar a zonas alejadas de la contienda a numerosos niños que tenían su residencia en zonas afectadas por el curso de las operaciones.

La propaganda republicana apoyaba a la ley con mensajes como: ‘¡Padres! Vuestros hijos son vuestra propia personalidad y el futuro de la sociedad española. Es vuestro deber alejarlos de todo peligro. El Ministerio de Instrucción Pública cuenta con recursos y dispone de las máximas posibilidades para que nada les falte. Tú, padre consciente, debes evacuar a tus hijos’. En abril de 1937 ya eran más de cien mil los niños que abandonaron Madrid.

Fue en aquel momento cuando la familia Pascual García tomó la decisión de mandar a sus tres hijas fuera de peligro. Un día de abril del 37 los padres de Teresa, Juana y Carmen recibieron una carta del colegio donde se les hacía esta recomendación. ‘Mis padres lo pensaron mucho, no querían desprenderse de nosotras’, reconoce Juana. Tras mucho tiempo de reflexión, la decisión final fue la de sacarlas del infierno en que se había convertido la capital de España.

Pocos días después, las tres, acompañadas por sus padres, subían a un tren que les tenía que conducir a Valencia. ‘Fue un momento muy duro, en la estación sólo se escuchaban lloros de los niños al despedirse de sus parientes’, cuenta Teresa. Con sólo 12, 10 y 8 años la guerra las separó de los suyos. El viaje fue muy largo, el tren tuvo que detenerse en varias ocasiones por culpa de lo castigada que estaba la vía férrea.

Una vez en la ciudad del Turia, en el patio del colegio Luis Vives los dividieron para repartirlos por diferentes localidades. Teresa, Juana y Carmen subieron en el autobús que les llevaba a Picanya. Estaba todo el pueblo en la plaza esperándoles. Les acogieron con mucha alegría y ‘con los brazos abiertos’ según cuentan las hermanas Pascual.

Muchos de los niños bajaron del autobús bastante aturdidos y echando de menos a sus padres. ‘No ploreu, no ploreu que ací estareu bé’, les decían las personas que habían ido a recogerlos. ‘No entendíamos nada, pensamos ¿esta gente en que idioma habla?’, recuerda con una sonrisa Juana.

Las tres se fueron con el teniente de alcalde del ayuntamiento, el señor Roig, que era el único que tenía espacio en su casa. Fue una de las cosas que les pidieron sus padres, que nunca se separasen. El refugio en casa particulares fue una solución de urgencia hasta que estuvieron preparadas las colonias escolares. En Picanya hubo tres. Una en el huerto Albiñana, otra en el de Lis y la última en el de Coll. En total casi 180 niños vivieron en paz en esta localidad durante los años de la Guerra Civil.

Las colonias eran un oasis de paz en un país sumido en la crueldad de la guerra. Los niños hacían deporte, estudiaban y jugaban sin miedo. ‘Nos llevaban a la playa de Valencia. Fue inolvidable. Nunca habíamos visto el mar’, señala Juana. Otro de los recuerdos que con más cariño guardan es el olor de los naranjos que rodeaban a la colonia del huerto de Lis. ‘Madrid olía a bombas. El olor a naranja nos daba la vida’, reconoce Carmen.

Uno de los momentos más esperados en el huerto de Lis era la llegada de Santolaria, el cartero. Semanalmente las familias y los niños se comunicaban con cartas. Leyendo las misivas los niños volvían momentáneamente a la realidad. España se encontraba sumida en una guerra y ese era el motivo por el que estaban separados de sus padres.

Juana, la mayor, y su padre habían establecido un código secreto para saber si la situación en la colonia iba bien. ‘Mi padre me dijo que dejara abierta la letra “o” si había algún problema. Nunca lo tuve que hacer, siempre cerré las “oes” en mis cartas’, confiesa Juana.

Dos años después de su llegada a Picanya, los niños de las colonias tuvieron que ser trasladados a Murcia. La guerra avanzaba y el huerto pasó a ser base de operaciones de las brigadas internacionales. Allí los niños vivieron el final de la guerra. Los más afortunados no perdieron a sus padres en combate y pudieron volver a sus casas. Fue el caso de Carmen, Teresa y Juana que tras tres años de evacuación pudieron reencontrarse con sus padres.

Setenta años después, las hermanas Pascual volvieron este fin de semana a Picanya. Lo hicieron coincidiendo con la presentación del libro “Els Horts Solidaris” de Cristina Escrivà y Rafael Maestre en el que se cuenta la vida y la organización de estas colonias educativas. Carmen, Teresa y Juana pudieron por fin cumplir un sueño, dar las gracias a los ciudadanos de Picanya por el cariño y la solidaridad mostrada con ellas durante esos momentos tan difíciles.

Reportaje publicado por Ricardo Marí en el periódico Valencia Express el 1 de abril de 2011.

Artesanas del siglo XXI

Reportajes

Gracias a la Asociación de Bolilleras de Paiporta esta tradición continúa viva en la localidad.  

La artesanía es uno de los sectores que más está padeciendo la crisis. Las modas y sobretodo las exportaciones desde países asiáticos están transformando los oficios manuales en meros hobbies. Los gremios de artesanos han pasado a ser en la actualidad asociaciones de aficionados que intentan defender antiguas tradiciones.

El encaje de bolillos es una de estas obras de artesanía que está tendiendo a desaparecer. A pesar de ello, en Paiporta un pequeño grupo de mujeres pelean para que esta tradición no se pierda. ‘Antiguamente en el colegio nos enseñaban a hacer bolillos pero ahora la gente joven estudia otras cosas’, comenta Silvia López la socia más veterana y presidenta de la asociación.

Para intentar hacer más atractivo el producto, no paran de innovar en sus diseños. Si tradicionalmente se hacían cortinas, colchas o enaguas ahora podemos encontrar bolsos, colgantes, ligueros, pulseras hechas con hilo de plata o incluso ropa interior. Una pequeña muestra del arte de estas mujeres se ha podido visitar durante los últimos días en el museo del Rajolar de Paiporta en la exposición dedicada a la semana de la mujer.

Con estos cambios, la asociación pretende llegar a un nuevo tipo de público. ‘Podemos hacer puntillas para trajes de fallera o para vestidos de moros y cristianos, abanicos o complementos de vestir’, señala Mari Luz Alegre, una de las integrantes más activas.

Son cerca de 20 socias y se reúnen todos los viernes en un local cedido por el Ayuntamiento. Allí pasan las horas comentando sus últimos avances en los trabajos que tienen entre manos olvidándose por un momento de los problemas personales que cada una pueda tener. Dicen las que llevan mucho tiempo con los bolillos que el soniquete de las maderitas relaja y evade de la realidad.

Tal es el efecto terapéutico de los bolillos, que en alguna ocasión el departamento de bienestar social del consistorio ha recomendado a alguna de las personas que acudía con problemas personales importantes a asistir a las clases de la asociación. ‘Una vez vino una mujer bastante deprimida, la ayudamos a superarlo gracias a los bolillos y ahora no falla ningún viernes’, cuenta Trini Almudéver, monitora de los cursos.

Durante estas reuniones se comenta también la afición que existe por esta artesanía en otras zonas. ‘En Segorbe hay muchísima más tradición que aquí, cuando vamos nos da cierta envidia sana’, reconoce Rosa Mandingorra. Y es que, además de las reuniones de los viernes, varias veces al año salen a concentraciones fuera de Paiporta para compartir avances y novedades con más personas.

Les gustaría organizar algún día una concentración en su pueblo pero confiesan que habría que llamar a demasiadas puertas para pedir financiación y que con los tiempos que corren sería muy complicado. A pesar de ello, no pierden la esperanza de que algún día puedan reunir a un gran número de aficionadas a los bolillos en Paiporta.

Con la organización de este evento pretenden dar más a conocer la asociación tanto en su localidad como en la comarca con el fin de que se pueda incrementar el número de socias. A la espera de que llegue el ansiado cónclave bolillero en Paiporta, la asociación anima a todas las personas que tengan inquietud a acudir a alguno de sus encuentros.

Luchan por se reconocidas como artesanas. Como ellas mismas reivindican, ‘si hay algo diferente, personal, entrañable y cercano, ése es, sin duda, el objeto artesano. En él va, no sólo el trabajo y la paciencia de su creador, también sus sudores, su esfuerzo, su cultura, su pasado y su vida’.

Un barrio en peligro de extinción

Reportajes

‘Alfafar limitatum et confrontatus et marjalibus et marinis Valentia’. Esta cita extraída de una escritura de venta hecha por el marqués de  Boïl a Antonio Tous el 5 de diciembre de 1444 confirma el inicio del dominio de Alfafar sobre este pequeño trozo de tierra situado en pleno parque natural de la Albufera.

Sin embargo, no es hasta finales del siglo XVIII cuando empieza a haber asentamientos de personas en torno al canal del Tremolar. Mucha gente en este momento empieza a darse cuenta de la importancia de este enclave para la comunicación con el resto de puertos de la Albufera. En aquella época, las barcas ya eran el medio de comunicación más importante con los pueblos de alrededor para el traslado tanto de personas como de víveres.

Este singular barrio vivió su época de esplendor durante los años 50 y 60 del siglo pasado gracias al floreciente negocio del cultivo del arroz. A finales de agosto y durante las primeras semanas de septiembre, coincidiendo con la siega del arroz, el barrio se llenaba de gente procedente de Ayora, Rincón de Ademuz o de los pueblos de Casas Bajas. 

La única taberna del Tremolar, ‘Casa Paco’, era durante esas épocas un hervidero de gente. Al terminar el día, los jornaleros se tomaban un respiro saboreando un buen porrón de vino con unos ‘cacaus i tramussos’, disfrutando de una buena conversación o jugando una partida de ‘truc’.

Desde ‘Casa Paco’ salía puntualmente todos los días a las seis de la mañana el ‘Ravatxol’, embarcación que servía para transportar a los hombres que se ganaban la vida trabajando en los campos de arroz de Sueca y Sollana. El Tremolar servía de punto de encuentro para todos los jornaleros de la zona. A medida que pasaba el tiempo, el ‘Ravatxol’ no sólo transportaba personas sino alimentos y noticias a aquellos que hacían noche en la marjal. Esta barcaza se convertía así en uno de los primeros transportes públicos de la zona.

La vida en el Tremolar no sólo la centraba el cultivo del arroz. Las aguas limpias y cristalinas del canal eran reclamo también para los pescadores. Allí se podían pescar gambitas de la albufera, anguilas o ‘llisas’. Además, durante la Semana Santa el barrio se convertía en lugar de esparcimiento para la gente de la zona que iba a comerse la mona en los ‘sequers’ de arroz.

Hoy, a penas 17 familias viven el barrio. La mayoría son personas mayores que nacieron y crecieron allí y que se resisten a establecerse en otro lugar. Se sienten orgullosos de poder disfrutar a diario de este privilegiado paraje. La actividad frenética en los momentos de siembra y recogida del arroz se ha convertido en paz y tranquilidad durante todo el año. Sólo en los meses de verano algunos turistas se acercan al Tremolar para poder disfrutar de un paseo en barca por el canal o para practicar la pesca.

La taberna de Paco se ha convertido en ‘el Corte Inglés del Tremolar’. La hija de Paco Lladró, Paquita, ha convertido la vieja bodega de su padre en una tienda de ultramarinos en la que se puede encontrar casi de todo.

Las tres trilladoras de arroz que funcionaban a pleno rendimiento hace cincuenta años, Pere, Caguetes y El Parsiego están paradas. Incluso alguna de ellas en un estado de abandono considerable. La gente joven que ha ido naciendo en el Tremolar ha emigrado a otras zonas donde poder ganarse la vida en otra profesión que no fuera el cultivo del arroz.  La propia gente del barrio reconoce que si no llega gente joven, el Tremolar está lamentablemente condenado a desaparecer.

 Como ocurre en muchas zonas de tradición agrícola, el Tremolar se apaga lentamente con el paso de las generaciones. El inexorable paso del tiempo está poniendo en peligro parajes naturales de incalculable valor como éste. Pero quizá, la pérdida más importante pueda ser que caigan  en el olvido costumbres y señas de identidad de nuestro pueblo que el tiempo podría acabar borrando.

Arrás-slot club

Reportajes

El Scalextric fue uno de los juguetes más reclamados en las cartas a los Reyes Magos de los niños de los 80. En aquel momento, todos soñaban con tener una habitación en sus casas donde mantenerlo montado de forma permanente y no tener que desmontarlo cada vez que se terminaba de jugar. Esos niños, hoy en su mayoría padres de familia, han cumplido su sueño gracias al club Arras-Slot de Benetússer donde tienen a su disposición 230 metros cuadrados de instalaciones con más de cinco circuitos diferentes.

Creado a partir de las cenizas de la Asociación Valenciana de Amigos del Slot llevan más de 7 años en Benetússer. Actualmente, son 25 socios aunque en las competiciones se pueden llegar a juntar más de 50 participantes. Los campeonatos se celebran casi todos los fines de semana, viernes por la noche y sábados por la mañana.

Sólo existen tres clubes como este en la provincia, por este motivo, las competiciones entre clubes son autonómicas. ‘Cada uno organiza un open y con los mejores clasificados se hace un campeonato autonómico’, comenta David Sargues vicepresidente del club. Llevan disputadas 14 ediciones del open Arras-Slot al que acuden aficionados de todas las partes de España.

No es un hobby caro. Con una pequeña inversión de 80 euros se puede empezar a competir. Aunque hay piezas que son difíciles de encontrar y caras. La inversión más fuerte suele llegar después del periodo de iniciación que es cuando se quiere tener materiales mejores. ‘Tengo coches que si los vendiera por 300 euros perdería dinero’,  reconoce David Sargues.

 Es en ese momento, el de mejorar los coches, cuando los socios de este club se encuentran con algunos problemas. Al no ser la Comunidad Valenciana una zona con demasiada afición es costoso encontrar tiendas especializadas que ofrezcan recambios. La mayoría de las piezas las tienen que encargar a tiendas en otras comunidades por internet.

 No existe una federación de aficionados al slot, que es como verdaderamente se llama este hobby, Scalextric es una marca comercial. Por este motivo intentan unificar criterios para las competiciones imitando reglamentos de otros clubes de zonas con más tradición como Cataluña.

La reglamentación tiene algunas curiosidades como, por ejemplo, que todos los coches tienen que tener un dorsal pintado en el chasis, tiene que haber piloto y copiloto en el interior. El piloto debe tener un volante y el copiloto un libro de notas. ‘Estamos recreando la realidad con lo que intentamos que todo se parezca lo más posible’, señala David. A tal punto llega el intento de recrear la realidad que hasta se celebran pruebas en nieve o tierra simulada. Para ello se emplea harina para la nieve y cacao en polvo para la tierra.

Hay diferentes categorías que van desde los fórmula 1 hasta los GT pasando por las competiciones de clásicos o los rallies. Una de las especialidades de Arras-Slot son los raids que se diferencian de los rallies por tener más dificultades en el trazado. De los tres clubes de la provincia, el ubicado en Benetússer es en el único que se puede competir en esta categoría.  

El Scalextric es un juego de niños disfrutado por adultos que reúne cada semana en los locales de este club a los apasionados por los coches eléctricos y por la velocidad. Pero, como ellos mismos proclaman, la idea más importante es, además de vivir esta afición, compartir una buena amistad.